Editorial

Esas encuestas;

gana el que paga 

 

En tiempos preelectorales las encuestas siempre se ponen de moda. Los políticos disponen de suficientes recursos para pagar esos trabajos de investigación, tabulación de resultados y publicaciones de prensa.

 Claro, cuando las cosas salen bien, o se manejan a pedir de boca, como se dice, los datos son exteriorizados sin problema alguno. Ahora, cuando ocurre todo lo contrario, y pueden peligrar las relaciones encuestadora-cliente, producto de esa situación, se opta por callarlos o a veces, tratar de indagar ¿por qué?, ¿qué  pasó?, sólo para satisfacción.

No hay que ser lo suficientemente inteligente para darse cuenta de que, todos los sondeos de opinión pública, manejados y dirigidos de la forma en que normalmente se hace, sólo conducen a un camino: ganador, por amplia mayoría, la persona o quienes los pagan. Claro, a veces se dan excepciones, como en todo.

En los casos en  que pueda haberse verificado un margen desfavorable para el pagador de la encuesta, y que se deje trascender hasta la opinión pública, se reporta mínimo, o se publicaría el llamado “empate técnico”, respecto del que haya alcanzado la mayor puntuación.

Nunca se debe olvidar que las empresas encuestadoras son negocios establecidos, más que otra cosa, con gastos fijos y variables a cubrir y que procuran también jugosos márgenes de utilidad; que quienes las contratan son sus clientes, a los cuales hay que hacerles sentir bien. Y por tanto, permitirles que ellos, aun sea de  manera sutil, muy indirecta, dirijan e intervengan en los trabajos a efectuar.

Si el que paga la encuesta  no obtiene los resultados favorables a que aspira, lo primero que de seguro piensa, es que las cosas no se hicieron bien; o, que faltó ética profesional en la realización; y, por consiguiente, lo más probable es que abandone la firma encuestadora para consultas futuras, riesgo que ese tipo de empresas no corren con facilidad, para evitar perder los clientes; ¡hay que tratar de mantenerlos!

Es por ello que, el creer ciento por ciento en encuestas, máxime cuando se trata de determinar para fines de proclamación, o electoreros simples, preferencias políticas, es como cuando se espera que vaya a llover, habiendo un sol brillante y candente, con pocas nubes en la bóveda celeste (cielo). 

En verdad, la credibilidad que se percibe es muy poca; y sólo los lo que pecan de ingenuos, o están muy interesados en el asunto por razones obvias, reparan en los resultados que se publican, para que las cajas de resonancia, a veces pagadas también, los musicalicen.

Una encuesta de esa naturaleza, para que pueda resultar profesionalmente bien preparada, y llevada a cabo con los rigores éticos de lugar, solo lo sería aquella en la que, el, o los que la paguen, se mantengan totalmente al margen de los procedimientos normados para la investigación; que en nada participen, y que sólo se limiten a esperar y aceptar resultados, les favorezcan estos o no; que se mantengan en mero estado de expectación.

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